jueves, 11 de diciembre de 2014

El pacto con la muerte de Emil Kosztka



Capítulo 1
El artículo publicado en la Revista Nacional Húngara de las Ciencias pasó en parte desapercibido para la comunidad científica. Era un artículo sobre el desarrollo matemático de las fórmulas de Euler para trasladar superficies planas a esféricas. El trabajo presentado por Kosztka suponía una revolución en el cálculo diferencial y simplificaba muchas de las fórmulas utilizadas hasta entonces a la hora de calcular superficies esféricas complejas.
A pesar de la importante aportación pasa sentar las bases del cálculo infinitesimal que aportaba aquel trabajo, quedaba completamente eclipsado por la ciencia de moda del momento, la física que rodeaba al átomo.
Sin embargo, Kosztka estaba contento. En aquel estudio había invertido gran parte de su tiempo de los últimos cuatro años, desde que consiguió la cátedra de matemáticas en la universidad de Budapest.
Vivía entusiasmado por sus investigaciones, obviando lo que ocurría a su alrededor, intentando abstraerse de la realidad, como si no fuera con él, pero en Hungría en 1940 era muy difícil vivir al margen del presente.
Y el primer golpe que recibió de esa realidad se lo encontró en la propia universidad. Aquella mañana en la que orgulloso fue a impartir clase, después de haber realizado aquella importante aportación a las ciencias exactas, fue interrumpido por un grupo de jóvenes uniformados, con estética del grupo político fascista de las Cruces Flechadas, que le increparon desde el fondo del aula.
Emil no entendía qué era lo que pasaba. Su único pecado al parecer era su origen judío, ya que por lo demás había trabajado para el país, y había publicado sus trabajos en una revista alemana, habiendo ofrecido sus descubrimientos al gobierno húngaro, sin importarle quienes fueran los que aplicaran sus desarrollos.
Hasta entonces se había considerado por encima de cualquier movimiento político. Él era un científico, alguien que trabajaba con su mente, y pensaba que su contribución a la humanidad eran sus descubrimientos científicos, publicados desde una forma totalmente aséptica, y ya correspondería a los políticos su aplicación técnica.
Había respetado el auge del nazismo y la alianza que el gobierno húngaro se había visto obligado a soportar con los alemanes, y pedía para él la misma deferencia. Aquellos jóvenes uniformados habían irrumpido e interrumpido su clase, y aquello era intolerable.
Emil cruzó la clase hasta el final del aula y se encaró con ellos, exigiéndoles que salieran del aula, pero uno de aquellos jóvenes le propinó un puñetazo en la cara, derribándolo, quedándose sentado en el suelo sorprendido por la falta de respeto hacia su autoridad y dolorido por el golpe en su ego.
Y allí en el suelo, otro de los jóvenes le dio una patada en el costado con la pesada bota de su uniforme. Y ya semiconsciente, empezaron a patearle el pecho y la cabeza, hasta que perdió el sentido completamente.
Ninguno de sus alumnos intervino en la paliza, pero tampoco la detuvo. Asistieron al espectáculo en silencio. Muchos de ellos además simpatizaban con el partido de la Cruz Flechada, ya que consideraban que la supervivencia del país pasaba por la alianza con la Alemania de Hitler. Creían que era precisamente la postura de su país cercana al nazismo la que le había sacado de la profunda depresión económica en la que se encontraba al inicio de la década de los 30.
Cuando acabaron con Emil, dejándolo en el suelo, sangrando, inconsciente, se dirigieron al estrado y cogieron los libros con los que impartía su docencia y los rompieron, esparciendo las hojas sueltas por la clase.
Uno de los atacantes se encaró con un alumno y le convidó a que dirigiera al grupo hasta el despacho de Emil. Salieron del aula, dejándolo malherido en el suelo. Nadie se acercó a ayudar a Emil por miedo ya que todos sabían que entre sus compañeros había muchos simpatizantes del partido de la Cruz Flechada y temían represalias.
Los fascistas entraron en el despacho de Emil, destrozándolo. Rompieron la mesa, tiraron las estanterías, arrojaron por la ventana sus libros, sus apuntes, su trabajo.
Cuando acabaron salieron de la universidad sin que nadie les detuviese. Nadie se interpuso en el camino de aquellos muchachos, que tuvieron libertad para hacer lo que quisieron.
Uno de los alumnos avisó al director, que se desplazó hasta la clase de Emil, encontrándoselo en el suelo, inconsciente por la paliza, y rodeado por sus alumnos, que le observaban en silencio mientras la sangre de una profunda brecha en la cabeza iba agrandando un charco a su alrededor.
El director mandó llamar a la enfermería de la facultad, para que le atendieran, mientras le tumbaba y le limpiaba la sangre con su chaqueta. Llegó el médico junto con dos enfermeros, y rápidamente comenzó a limpiar la herida, que sangraba profusamente.
Le improvisó una venda para detener la hemorragia y lo sacaron de allí, a la entrada de la facultad, donde ya esperaba una ambulancia, que le trasladó al hospital.
El director volvió al aula y se encaró a los alumnos, pero ninguno de ellos habló. Algunos miraban al suelo avergonzados, pero el director de la universidad tuvo que cruzar la mirada con otros, altivos y orgullosos. Sabía que uno de ellos era quien había delatado a Emil, ya que había muchos alumnos que simpatizaban con el partido fascista húngaro.
Llamó a los bedeles de la universidad y les hizo recoger y ordenar en la medida de lo posible los apuntes y libros de Emil, y se dirigió a su despacho, que estaba también destrozado, ordenando su restauración.
El odio se estaba extendiendo por todo el país. Emil era judío, y eso bastaba para condenarle. Aquellos salvajes se creían superiores a Emil únicamente por su raza, a pesar de que ninguno de ellos le llegaba intelectualmente al profesor ni a la suela del zapato.



Capítulo 2
Emil se despertó en el hospital. Tenía un fuerte dolor de cabeza, y cada movimiento que hacía le suponía una tortura. Su mujer estaba sentada en una silla. En el momento en el que vio que recuperaba la consciencia salió de la habitación, volviendo a los pocos minutos con un doctor.
-          Emil, cariño, ¿me escuchas? ¿puedes oírme? Ya ha pasado todo, el doctor está aquí, quiere hablar contigo.
-          Señor Kosztka, le tenemos sedado, por eso se sentirá algo confuso. Tiene la nariz fracturada, y le hemos tenido que coser una ceja, ya que tenía una herida muy profunda. También le hemos puesto una venda alrededor del pecho, ya que sospechamos que tiene alguna costilla rota.
Emil intentó hablar, pero el dolor se lo impedía. Su mujer le acariciaba el pelo y le hizo callar.
-          No te esfuerces, cariño, sólo escucha.
-          Desgraciadamente al ser usted judío debe abandonar el hospital y seguir el tratamiento en su casa. Con su sueldo podrá usted contratar a algún médico judío que le cure. Las leyes antisemitas no nos permiten continuar el tratamiento aquí.
-          Cariño, por la tarde viene el primo Almos y nos llevará a casa. El doctor Cecile te acabará de cuidar, y no tardarás en ponerte bien.
-          Lo siento, profesor Kosztka, de verdad que lo siento. Estos días cuando salga del hospital iré a verle. Sinceramente este antisemitismo no va a traer nada bueno. No creo razas superiores, pero estamos obligados por la ley en el hospital.
Emil hizo una mueca de dolor y cerró los ojos. Necesitaba dormir, se sentía muy cansado, pero sobre todo, muy deprimido. Todo su mundo había caído en una sola mañana. Sus años de estudio no habían valido nada, no tenían sentido desde el momento en el que unos exaltados eran capaces de entrar en algo tan sagrado como la universidad y destruir su trabajo ante la impunidad de todos sus alumnos y compañeros.
Tendría que volver a la universidad, debía recuperar las clases con sus alumnos, pero ¿qué significado tenía hacerlo después de lo que había pasado? Ya no tenía importancia seguir con sus estudios. Ya no sentía la ilusión por continuar con sus desarrollos matemáticos.
Todo había cambiado en apenas unas horas. De todos los golpes que había recibido en aquella paliza el que más daño le había hecho era el que le había devuelto de bruces a la realidad, a una situación a la que millones de judíos en Europa se enfrentaban día a día y que Emil había ignorado, pensando que estaba por encima de lo que ocurría en el mundo.
Consiguió conciliar el sueño y le despertó su mujer cuando tenían que irse. Seguía sedado pero aún así le costó una barbaridad el ponerse la ropa, ayudado por su mujer y por un enfermero que actuó con mucho desdén, sin evitar hacer notar el odio que sentía por Emil por el mero hecho de ser un judío.
Cuando llegó a la calle le esperaba su primo en el coche, que lo trasladó a casa. Hasta entonces no se había relacionado mucho con él, ya que Emil se consideraba muy superior intelectualmente a su familia. Almos trabajaba en una fábrica de cervezas y olía a levadura.
Siempre había sentido repugnancia por él, por el negro de sus uñas, por su olor, debido a su trabajo. Pero aquel día Emil se sentía muy agradecido por que se hubiera prestado a llevarle a casa. Desde el día anterior había comprendido cual era su lugar en la sociedad.
Emil sabía que algo había cambiado en su mundo. Deseaba que todo volviera a la normalidad, pero estaba convencido de que nada sería igual.
Ya en casa, entre su mujer y su primo le ayudaron a desnudarse y meterse en la cama. Al poco llegó el doctor Cecile. Éste había hablado con el médico del hospital y estaba al tanto de lo que había ocurrido y del estado del paciente.
Por fin Emil habló.
-          Doctor Cecile, ¿qué va a ser de nosotros?
-          Emil, hemos sobrevivido miles de años para que puedan acabar con nosotros con tanta facilidad. No te preocupes. Nuestro pueblo es eterno, y quienes nos persiguen ahora desaparecerán, Yahvé saldrá vencedor, siempre lo ha salido.
-          Doctor Cecile, yo no creo en esas tonterías, yo soy matemático, yo describo la realidad desde el entendimiento, no desde la fe, desde la demostración matemática, no desde libros de supersticiones.
-          Calla, no seas blasfemo. Sé realista, date cuenta donde estás. No reniegues de tu fe, ya que quieras o no sólo tienes a tus hermanos judíos, y lo único que nos une, que nos mantiene con vida es Dios.
Emil no estaba para charlas litúrgicas, la sedación se estaba pasando y el dolor tanto de su cabeza como de sus costillas era cada vez más agudo. Despidió al doctor, que antes de irse le dejó unas pastillas para mitigar aquella tortura.
Su mujer se encargó de pagar al doctor, y regresó a la habitación, para sentarse al lado de su marido. En el momento en el que la pastilla hizo efecto, se durmió, y sólo entonces su mujer se acostó en la cama de al lado.



Capítulo 3
Durante su convalecencia, la mujer de Emil, Sylvia, no se separó de él en todo momento. Aunque nunca habían tenido ningún problema, su matrimonio había sido muy frío, con un Emil muy centrado en su trabajo y su mujer, también profesora, pero no universitaria sino educadora infantil, que había permanecido en un segundo plano.
Durante el tiempo en el que Emil apenas podía valerse había descubierto que su mujer no solo le respetaba sino que le quería profundamente. Se arrepintió de todos los años en los que la había ignorado, en la que había sido tan solo una sombra a su lado.
Los primeros días, en aquellos en los que no podía levantarse de la cama y el dolor era muy fuerte, había agradecido enormemente la presencia de su mujer a su lado, pero según se iba encontrando mejor, su pensamiento se volvía hacia su trabajo.
Las conversaciones entre ambos se empezaban a centrar en la vuelta a la universidad, en lo que habrían perdido sus alumnos durante ese tiempo, en cómo poder recuperar el ritmo del curso.
La depresión inicial había dado paso a un entusiasmo sin límites. Se sentía vivo, con unas enormes ganas de enseñar, de recuperar sus investigaciones, de ver a sus compañeros de trabajo.
Sylvia le escuchaba preocupada. Las leyes antisemitas en Hungría cada vez restringían más la libertad y los trabajos que podían realizar. Se temía que después de lo ocurrido la vida de su marido en la universidad no fuera la misma.
El doctor Cecile también se mostraba preocupado. Él había visto como poco a poco se le cerraban las puertas, como se le impedía trabajar en muchos hospitales y tenía que limitarse a atender pacientes judíos en el barrio hebreo.
Por fin llegó el día. Emil aún no estaba recuperado del todo, y su primo Almos le llevó en el coche a la universidad. Sin embargo, por indicaciones de Sylvia, se quedó esperándole en la puerta.
Emil fue hacia su despacho, y se lo encontró vacío. Su mesa y sus estanterías seguían allí, pero no había ningún libro, ningún apunte. Se molestó mucho, y creyó que en el ataque, cuando los fascistas entraron en su despacho, habían destruido todo su trabajo.
Se fue a dirección. El director, Sandor, un hombre muy inteligente que había pasado muchas veladas con Emil, hablando de ciencias, le esperaba dentro. Había sido avisado por Sylvia de la llegada de Emil. A éste le había extrañado que durante el tiempo que había estado convaleciente en su casa no hubiera ido a visitarle, pero enseguida comprendió todo.
-          Emil, me alegro de que te hayas recuperado, pero tenemos que hablar. Después de aquel incidente recibimos en la universidad muchas presiones en el sentido de que no querían que volvieras a dar clases aquí.
-          No me digas que has cedido a las presiones de esos paletos.
-          Lo siento, pero varios alumnos han presentado quejas contra ti, y el hecho de que seas judío, y las normativas antisemitas del gobierno, me impiden dejarte volver a dar clase. Lo siento de verdad, pero la ley es así.
-          Hasta ahora habías ignorado esas leyes estúpidas y sin sentido. Ambos sabíamos que tarde o temprano esta fiebre finalizaría y se impondría la razón. Sabes que el conocimiento no depende de la raza, sino del cerebro.
-          Lo sé, pero no puedo hacer nada. Ya no te puedo ocultar como hasta ahora. Ahora todos saben que eres judío, tus alumnos, tus compañeros, y no puedo mantenerte aquí.
Emil no sabía que hacer, cómo reaccionar. Sandor se levantó dando por finalizada la reunión y Emil salió del despacho. Se encontraba solo, desamparado. En los últimos años había sentido aquella universidad como su hogar, pero al salir del despacho del director se sabía un extraño.
Aturdido abandonó el campus. Se cruzó con algunos de sus alumnos. Unos evitaban cruzar la mirada con él, como avergonzados, pero otros la mantenían altiva, alegrándose de su despido. Sentía el odio en aquellos ojos.
Cuando llegó a la calle, su primo le abrió la puerta, y le ayudó a entrar en el coche. Despacio arrancó el motor, y cuando se iba a incorporar al tráfico, una piedra se estrelló contra el cristal delantero, rajándolo.
Almos aceleró y salió rápidamente de allí. Emil estaba desconcertado.
-          ¿Qué está pasando, Almos?
-          Nos odian. Has vivido en una burbuja, Emil, pero han cambiado las cosas sin que tú te enterases. Alemania domina Europa, desde Francia hasta la frontera con la URSS. Hitler y su corriente antisemita se ha impuesto.
-          Tú y yo sabemos que no es más que palabrería sin sentido.
-          Sí, pero esa palabrería ha generado odio. Nos están encerrando en guettos, están limitando nuestra libertad social y esto no se va a detener ahí, no tardarán en dar un paso hacia el abismo.
-          Estamos en 1940. El pensamiento racional, la civilización, está por encima del pensamiento de los fascistas. Tenemos el nivel tecnológico más alto de la historia, hemos alcanzado las más altas cotas de libertad y de cohesión social, este antisemitismo es antinatura.
Almos callaba. Emil aún tenía que descender más a la realidad al infierno que se cernía sobre su pueblo. Almos sabía que a pesar de ser judío, su primo Emil no era religioso. Dudaba incluso que creyera en Dios. Aquella persecución sobre su pueblo no tenía un sentido religioso, sino más bien de raza.
El antisemitismo se basaba en ideas absurdas. Se les culpaba de todos los problemas que la crisis posterior a la gran guerra había sufrido la sociedad europea.
Los nazis habían revertido aquella situación económica trayendo un crecimiento económico sin precedentes desde aquella guerra, un crecimiento ficticio basado en la expansión militar, el expolio de diversos grupos sociales como los propios judíos y el endeudamiento masivo.
Pero aquel crecimiento, que necesitaba de la expansión militar para poder mantenerse, creaba también sus enemigos, unos adversarios caricaturizados en los que se exageraban algunas de sus características para facilitar su identificación por la población.
Y uno de los grupos a odiar eran los judíos, y Emil acababa de descubrir algo que no había querido ver en los últimos tiempos.
Y hasta aquí puedo leer. Si te ha gustado, puedes adquirilo aquí

No hay comentarios:

Publicar un comentario