Capítulo 1
El artículo publicado en la Revista Nacional Húngara de las
Ciencias pasó en parte desapercibido para la comunidad científica. Era un
artículo sobre el desarrollo matemático de las fórmulas de Euler para trasladar
superficies planas a esféricas. El trabajo presentado por Kosztka suponía una
revolución en el cálculo diferencial y simplificaba muchas de las fórmulas
utilizadas hasta entonces a la hora de calcular superficies esféricas complejas.
A pesar de la importante aportación pasa sentar las bases
del cálculo infinitesimal que aportaba aquel trabajo, quedaba completamente
eclipsado por la ciencia de moda del momento, la física que rodeaba al átomo.
Sin embargo, Kosztka estaba contento. En aquel estudio había
invertido gran parte de su tiempo de los últimos cuatro años, desde que
consiguió la cátedra de matemáticas en la universidad de Budapest.
Vivía entusiasmado por sus investigaciones, obviando lo
que ocurría a su alrededor, intentando abstraerse de la realidad, como si no
fuera con él, pero en Hungría en 1940 era muy difícil vivir al margen del
presente.
Y el primer golpe que recibió de esa realidad se lo
encontró en la propia universidad. Aquella mañana en la que orgulloso fue a
impartir clase, después de haber realizado aquella importante aportación a las
ciencias exactas, fue interrumpido por un grupo de jóvenes uniformados, con
estética del grupo político fascista de las Cruces Flechadas, que le increparon
desde el fondo del aula.
Emil no entendía qué era lo que pasaba. Su único pecado
al parecer era su origen judío, ya que por lo demás había trabajado para el
país, y había publicado sus trabajos en una revista alemana, habiendo ofrecido
sus descubrimientos al gobierno húngaro, sin importarle quienes fueran los que
aplicaran sus desarrollos.
Hasta entonces se había considerado por encima de
cualquier movimiento político. Él era un científico, alguien que trabajaba con
su mente, y pensaba que su contribución a la humanidad eran sus descubrimientos
científicos, publicados desde una forma totalmente aséptica, y ya
correspondería a los políticos su aplicación técnica.
Había respetado el auge del nazismo y la alianza que el
gobierno húngaro se había visto obligado a soportar con los alemanes, y pedía
para él la misma deferencia. Aquellos jóvenes uniformados habían irrumpido e
interrumpido su clase, y aquello era intolerable.
Emil cruzó la clase hasta el final del aula y se encaró
con ellos, exigiéndoles que salieran del aula, pero uno de aquellos jóvenes le
propinó un puñetazo en la cara, derribándolo, quedándose sentado en el suelo
sorprendido por la falta de respeto hacia su autoridad y dolorido por el golpe
en su ego.
Y allí en el suelo, otro de los jóvenes le dio una patada
en el costado con la pesada bota de su uniforme. Y ya semiconsciente, empezaron
a patearle el pecho y la cabeza, hasta que perdió el sentido completamente.
Ninguno de sus alumnos intervino en la paliza, pero
tampoco la detuvo. Asistieron al espectáculo en silencio. Muchos de ellos
además simpatizaban con el partido de la Cruz Flechada, ya que
consideraban que la supervivencia del país pasaba por la alianza con la Alemania de Hitler. Creían
que era precisamente la postura de su país cercana al nazismo la que le había
sacado de la profunda depresión económica en la que se encontraba al inicio de
la década de los 30.
Cuando acabaron con Emil, dejándolo en el suelo,
sangrando, inconsciente, se dirigieron al estrado y cogieron los libros con los
que impartía su docencia y los rompieron, esparciendo las hojas sueltas por la
clase.
Uno de los atacantes se encaró con un alumno y le convidó
a que dirigiera al grupo hasta el despacho de Emil. Salieron del aula,
dejándolo malherido en el suelo. Nadie se acercó a ayudar a Emil por miedo ya
que todos sabían que entre sus compañeros había muchos simpatizantes del
partido de la Cruz Flechada
y temían represalias.
Los fascistas entraron en el despacho de Emil, destrozándolo.
Rompieron la mesa, tiraron las estanterías, arrojaron por la ventana sus
libros, sus apuntes, su trabajo.
Cuando acabaron salieron de la universidad sin que nadie
les detuviese. Nadie se interpuso en el camino de aquellos muchachos, que
tuvieron libertad para hacer lo que quisieron.
Uno de los alumnos avisó al director, que se desplazó
hasta la clase de Emil, encontrándoselo en el suelo, inconsciente por la
paliza, y rodeado por sus alumnos, que le observaban en silencio mientras la
sangre de una profunda brecha en la cabeza iba agrandando un charco a su alrededor.
El director mandó llamar a la enfermería de la facultad,
para que le atendieran, mientras le tumbaba y le limpiaba la sangre con su
chaqueta. Llegó el médico junto con dos enfermeros, y rápidamente comenzó a
limpiar la herida, que sangraba profusamente.
Le improvisó una venda para detener la hemorragia y lo
sacaron de allí, a la entrada de la facultad, donde ya esperaba una ambulancia,
que le trasladó al hospital.
El director volvió al aula y se encaró a los alumnos,
pero ninguno de ellos habló. Algunos miraban al suelo avergonzados, pero el
director de la universidad tuvo que cruzar la mirada con otros, altivos y
orgullosos. Sabía que uno de ellos era quien había delatado a Emil, ya que
había muchos alumnos que simpatizaban con el partido fascista húngaro.
Llamó a los bedeles de la universidad y les hizo recoger
y ordenar en la medida de lo posible los apuntes y libros de Emil, y se dirigió
a su despacho, que estaba también destrozado, ordenando su restauración.
El odio se estaba extendiendo por todo el país. Emil era
judío, y eso bastaba para condenarle. Aquellos salvajes se creían superiores a
Emil únicamente por su raza, a pesar de que ninguno de ellos le llegaba
intelectualmente al profesor ni a la suela del zapato.
Capítulo 2
Emil se despertó en el hospital.
Tenía un fuerte dolor de cabeza, y cada movimiento que hacía le suponía una
tortura. Su mujer estaba sentada en una silla. En el momento en el que vio que
recuperaba la consciencia salió de la habitación, volviendo a los pocos minutos
con un doctor.
-
Emil, cariño, ¿me escuchas? ¿puedes
oírme? Ya ha pasado todo, el doctor está aquí, quiere hablar contigo.
-
Señor Kosztka, le tenemos sedado,
por eso se sentirá algo confuso. Tiene la nariz fracturada, y le hemos tenido
que coser una ceja, ya que tenía una herida muy profunda. También le hemos
puesto una venda alrededor del pecho, ya que sospechamos que tiene alguna
costilla rota.
Emil intentó hablar, pero el dolor se lo impedía. Su
mujer le acariciaba el pelo y le hizo callar.
-
No te esfuerces, cariño, sólo
escucha.
-
Desgraciadamente al ser usted judío
debe abandonar el hospital y seguir el tratamiento en su casa. Con su sueldo
podrá usted contratar a algún médico judío que le cure. Las leyes antisemitas no
nos permiten continuar el tratamiento aquí.
-
Cariño, por la tarde viene el primo
Almos y nos llevará a casa. El doctor Cecile te acabará de cuidar, y no
tardarás en ponerte bien.
-
Lo siento, profesor Kosztka, de
verdad que lo siento. Estos días cuando salga del hospital iré a verle.
Sinceramente este antisemitismo no va a traer nada bueno. No creo razas
superiores, pero estamos obligados por la ley en el hospital.
Emil hizo una mueca de dolor y cerró los ojos. Necesitaba
dormir, se sentía muy cansado, pero sobre todo, muy deprimido. Todo su mundo
había caído en una sola mañana. Sus años de estudio no habían valido nada, no
tenían sentido desde el momento en el que unos exaltados eran capaces de entrar
en algo tan sagrado como la universidad y destruir su trabajo ante la impunidad
de todos sus alumnos y compañeros.
Tendría que volver a la universidad, debía recuperar las
clases con sus alumnos, pero ¿qué significado tenía hacerlo después de lo que
había pasado? Ya no tenía importancia seguir con sus estudios. Ya no sentía la
ilusión por continuar con sus desarrollos matemáticos.
Todo había cambiado en apenas unas horas. De todos los
golpes que había recibido en aquella paliza el que más daño le había hecho era
el que le había devuelto de bruces a la realidad, a una situación a la que
millones de judíos en Europa se enfrentaban día a día y que Emil había
ignorado, pensando que estaba por encima de lo que ocurría en el mundo.
Consiguió conciliar el sueño y le despertó su mujer
cuando tenían que irse. Seguía sedado pero aún así le costó una barbaridad el
ponerse la ropa, ayudado por su mujer y por un enfermero que actuó con mucho
desdén, sin evitar hacer notar el odio que sentía por Emil por el mero hecho de
ser un judío.
Cuando llegó a la calle le esperaba su primo en el coche,
que lo trasladó a casa. Hasta entonces no se había relacionado mucho con él, ya
que Emil se consideraba muy superior intelectualmente a su familia. Almos
trabajaba en una fábrica de cervezas y olía a levadura.
Siempre había sentido repugnancia por él, por el negro de
sus uñas, por su olor, debido a su trabajo. Pero aquel día Emil se sentía muy
agradecido por que se hubiera prestado a llevarle a casa. Desde el día anterior
había comprendido cual era su lugar en la sociedad.
Emil sabía que algo había cambiado en su mundo. Deseaba
que todo volviera a la normalidad, pero estaba convencido de que nada sería
igual.
Ya en casa, entre su mujer y su primo le ayudaron a
desnudarse y meterse en la cama. Al poco llegó el doctor Cecile. Éste había
hablado con el médico del hospital y estaba al tanto de lo que había ocurrido y
del estado del paciente.
Por fin Emil habló.
-
Doctor Cecile, ¿qué va a ser de
nosotros?
-
Emil, hemos sobrevivido miles de
años para que puedan acabar con nosotros con tanta facilidad. No te preocupes.
Nuestro pueblo es eterno, y quienes nos persiguen ahora desaparecerán, Yahvé
saldrá vencedor, siempre lo ha salido.
-
Doctor Cecile, yo no creo en esas
tonterías, yo soy matemático, yo describo la realidad desde el entendimiento,
no desde la fe, desde la demostración matemática, no desde libros de
supersticiones.
-
Calla, no seas blasfemo. Sé
realista, date cuenta donde estás. No reniegues de tu fe, ya que quieras o no
sólo tienes a tus hermanos judíos, y lo único que nos une, que nos mantiene con
vida es Dios.
Emil no estaba para charlas litúrgicas, la sedación se
estaba pasando y el dolor tanto de su cabeza como de sus costillas era cada vez
más agudo. Despidió al doctor, que antes de irse le dejó unas pastillas para
mitigar aquella tortura.
Su mujer se encargó de pagar al doctor, y regresó a la
habitación, para sentarse al lado de su marido. En el momento en el que la
pastilla hizo efecto, se durmió, y sólo entonces su mujer se acostó en la cama
de al lado.
Capítulo 3
Durante su convalecencia, la mujer de
Emil, Sylvia, no se separó de él en todo momento. Aunque nunca habían tenido
ningún problema, su matrimonio había sido muy frío, con un Emil muy centrado en
su trabajo y su mujer, también profesora, pero no universitaria sino educadora
infantil, que había permanecido en un segundo plano.
Durante el tiempo en el que Emil apenas podía valerse
había descubierto que su mujer no solo le respetaba sino que le quería
profundamente. Se arrepintió de todos los años en los que la había ignorado, en
la que había sido tan solo una sombra a su lado.
Los primeros días, en aquellos en los que no podía
levantarse de la cama y el dolor era muy fuerte, había agradecido enormemente
la presencia de su mujer a su lado, pero según se iba encontrando mejor, su
pensamiento se volvía hacia su trabajo.
Las conversaciones entre ambos se empezaban a centrar en
la vuelta a la universidad, en lo que habrían perdido sus alumnos durante ese
tiempo, en cómo poder recuperar el ritmo del curso.
La depresión inicial había dado paso a un entusiasmo sin
límites. Se sentía vivo, con unas enormes ganas de enseñar, de recuperar sus
investigaciones, de ver a sus compañeros de trabajo.
Sylvia le escuchaba preocupada. Las leyes antisemitas en
Hungría cada vez restringían más la libertad y los trabajos que podían
realizar. Se temía que después de lo ocurrido la vida de su marido en la
universidad no fuera la misma.
El doctor Cecile también se mostraba preocupado. Él había
visto como poco a poco se le cerraban las puertas, como se le impedía trabajar
en muchos hospitales y tenía que limitarse a atender pacientes judíos en el
barrio hebreo.
Por fin llegó el día. Emil aún no estaba recuperado del
todo, y su primo Almos le llevó en el coche a la universidad. Sin embargo, por
indicaciones de Sylvia, se quedó esperándole en la puerta.
Emil fue hacia su despacho, y se lo encontró vacío. Su
mesa y sus estanterías seguían allí, pero no había ningún libro, ningún apunte.
Se molestó mucho, y creyó que en el ataque, cuando los fascistas entraron en su
despacho, habían destruido todo su trabajo.
Se fue a dirección. El director, Sandor, un hombre muy
inteligente que había pasado muchas veladas con Emil, hablando de ciencias, le
esperaba dentro. Había sido avisado por Sylvia de la llegada de Emil. A éste le
había extrañado que durante el tiempo que había estado convaleciente en su casa
no hubiera ido a visitarle, pero enseguida comprendió todo.
-
Emil, me alegro de que te hayas
recuperado, pero tenemos que hablar. Después de aquel incidente recibimos en la
universidad muchas presiones en el sentido de que no querían que volvieras a
dar clases aquí.
-
No me digas que has cedido a las
presiones de esos paletos.
-
Lo siento, pero varios alumnos han
presentado quejas contra ti, y el hecho de que seas judío, y las normativas
antisemitas del gobierno, me impiden dejarte volver a dar clase. Lo siento de
verdad, pero la ley es así.
-
Hasta ahora habías ignorado esas
leyes estúpidas y sin sentido. Ambos sabíamos que tarde o temprano esta fiebre
finalizaría y se impondría la razón. Sabes que el conocimiento no depende de la
raza, sino del cerebro.
-
Lo sé, pero no puedo hacer nada. Ya
no te puedo ocultar como hasta ahora. Ahora todos saben que eres judío, tus
alumnos, tus compañeros, y no puedo mantenerte aquí.
Emil no sabía que hacer, cómo reaccionar. Sandor se
levantó dando por finalizada la reunión y Emil salió del despacho. Se
encontraba solo, desamparado. En los últimos años había sentido aquella
universidad como su hogar, pero al salir del despacho del director se sabía un
extraño.
Aturdido abandonó el campus. Se cruzó con algunos de sus
alumnos. Unos evitaban cruzar la mirada con él, como avergonzados, pero otros
la mantenían altiva, alegrándose de su despido. Sentía el odio en aquellos
ojos.
Cuando llegó a la calle, su primo le abrió la puerta, y
le ayudó a entrar en el coche. Despacio arrancó el motor, y cuando se iba a
incorporar al tráfico, una piedra se estrelló contra el cristal delantero,
rajándolo.
Almos aceleró y salió rápidamente de allí. Emil estaba
desconcertado.
-
¿Qué está pasando, Almos?
-
Nos odian. Has vivido en una
burbuja, Emil, pero han cambiado las cosas sin que tú te enterases. Alemania
domina Europa, desde Francia hasta la frontera con la URSS. Hitler y su corriente
antisemita se ha impuesto.
-
Tú y yo sabemos que no es más que
palabrería sin sentido.
-
Sí, pero esa palabrería ha generado
odio. Nos están encerrando en guettos, están limitando nuestra libertad social
y esto no se va a detener ahí, no tardarán en dar un paso hacia el abismo.
-
Estamos en 1940. El pensamiento
racional, la civilización, está por encima del pensamiento de los fascistas.
Tenemos el nivel tecnológico más alto de la historia, hemos alcanzado las más
altas cotas de libertad y de cohesión social, este antisemitismo es antinatura.
Almos callaba. Emil aún tenía que descender más a la
realidad al infierno que se cernía sobre su pueblo. Almos sabía que a pesar de
ser judío, su primo Emil no era religioso. Dudaba incluso que creyera en Dios.
Aquella persecución sobre su pueblo no tenía un sentido religioso, sino más
bien de raza.
El antisemitismo se basaba en ideas absurdas. Se les
culpaba de todos los problemas que la crisis posterior a la gran guerra había
sufrido la sociedad europea.
Los nazis habían revertido aquella situación económica
trayendo un crecimiento económico sin precedentes desde aquella guerra, un
crecimiento ficticio basado en la expansión militar, el expolio de diversos
grupos sociales como los propios judíos y el endeudamiento masivo.
Pero aquel crecimiento, que necesitaba de la expansión
militar para poder mantenerse, creaba también sus enemigos, unos adversarios
caricaturizados en los que se exageraban algunas de sus características para
facilitar su identificación por la población.
Y uno de los grupos a odiar eran los judíos, y Emil
acababa de descubrir algo que no había querido ver en los últimos tiempos.
Y hasta aquí puedo leer. Si te ha gustado, puedes adquirilo aquí
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